lunes, 14 de mayo de 2012

Conspiración, paranoia y la ley del más fuerte

   
     La teoría de la conspiración está sin duda de moda. Basta teclear la palabra conspiracion en cualquier buscador filtrando sólo los resultados en las últimas 24 horas para obtener un alubión de referencias variopintas entorno a ella. Veamos como la RAE nos la define:   
                 
1. intr. Dicho de varias personas: Unirse contra su superior soberano. 
2. intr. Dicho de varias personas: Unirse contra un particular para hacerledaño.  
3. intr. Dicho de dos o más cosas: Concurrir a un mismofin.     
4. tr. ant. Convocar, llamar alguien en su favor.

    Nos quedaremos con la segunda acepción, la cual parece ser la favorita en nuestra red actual y aquella de la que quiero ocuparme. Se trata así la conspiración de la unión de varias personas contra un particular a fin de hacerle daño. ¿Estamos hablando simplemente de "mala leche" colectiva? Más bien se sugiere que el daño hecho al particular tiene como objetivo obtener un beneficio para los conspiradores, más que el daño en si. Sería entonces más conveniente tratarlo como algo similar a la "ley del más fuerte". La mayor fuerza, en este caso se derivaría de la unión entre varias personas. Así, dicha conspiración resultará tanto más potente cundo involucre en ella a mayor número de conspiradores. Obviamente, a mayor sea el número de víctimas de la conspiración tanta más necesidad para los conspiradores de trabar nuevas alianzas a fin mantener frente a las víctimas, su superioridad.

     ¿Es acaso inusual que en el continuo conflicto de intereses entre seres humanos se produzcan uniones de varios individuos para sacar beneficio de otros? Creo que las guerras dan muestra de lo penosamente habituales que resultan dichas alianzas. Pero a diferencia de las guerras, la conspiración sugiere un mayor desequilibrio de fuerzas, debido en parte al factor sorpresa usado hábilmente por los conspiradores. De este modo, el plan de acción será mantenido en el mayor secreto posible a fin de que no proporcione ventaja alguna a la(s) víctima(s) en su defensa. ¡Ah, el secreto, fuente de irresistible deseo para el intelecto humano!

     Hasta este punto deberemos admitir que las conspiraciones han sido a lo largo de la historia pan de cada día (cosas de la naturaleza humana) y en nuestros tiempos de ambicioso consumismo no podemos llegar a imaginar la ausencia de conspiraciones. Es más, posiblemente la fuerte competencia que a todos los niveles trata de conseguir el máximo acopio de bienes frente a los demás nos puede inducir a creer que el número de conspiraciones habrá fácilmente aumentado en las últimas décadas. No será de extrañar que un elevado porcentaje de estas conspiraciones se deba a intereses económicos.

     ¿Pero tenemos todos la misma facilidad para conspirar? Sin duda ricos y pobres pueden tener el impulso de conspirar, pero no tanto la posibilidad real de consumar dicha conspiración. En medio de una sociedad inundada de comunicación resulta a veces complicado llevar a cabo el plan conspirador con la necesaria reserva. Se requerirá pues cierta prudencia. También, como no, una buena dosis de inteligencia para diseñar un plan eficaz y silencioso. Pero, ¿quien puede dudar que el disponer de mayores recursos no facilitará la labor conspiradora? ¿Y si el poder material fuera capaz de controlar algunos valiosos canales de comunicación para hacerlos partícipes del secreto o incluso del engaño conspirador? Debemos acordar entonces que la conspiración, como casi todo en la sociedad actual está más al alcance de los ricos y poderosos.

      Así pues, la conspiración en sí no es nada inusual, y los poderosos, por disponer de mejores medios seán aquellos que tendrán más fácil el conspirar. Espero que hasta aquí no va a saltar nadie. Ahora bien, ¿se dedican los poderosos a conspirar contra el pueblo? ¿Está la conspiración en todas las actividades reguladas por aquellos individuos que ostentan el poder? Vayamos por partes. Los poderosos, al igual que el pueblo llano, tambien conspiran y dada su posición pueden hacerlo de un modo más efectivo. Pero de ahí a afirmar que se dedican a conspirar supone el salto de arguir que su actividad principal es la conspiración. Y eso es ya más discutible. Por lo que respecta a la segunda cuestión, por la misma razón antes expuesta, es bastante severo el afirmar que todas las actividades están teñidas de conspiración. Sería quizás más prudente y razonable que evitando la generalización, se razonara (cuando no demostrara) las razones y la probabilidad de que una actividad concreta forme parte de alguna conspiración. Eso es, la razón obliga a analizar caso por caso y prescindir en lo posible de juicios generalizados.

      La paranoia nos la define la RAE del modo siguiente:

1. f. Perturbación mental fijada en una idea o en un orden de ideas.

     Así pues, cuando existe una fijación exagerada sobre una idea o un conjunto limitado de ellas y todo se engloba y se remite a la misma causa, negando la existencia de alternativas nos acercamos bastante a esa definición. Un ejemplo sería el afirmar rotundamente que toda actividad percibida alrededor es conspiración. Ello no implica que sea paranoico aquel que justifique su opinión de que existe conspiración en una situación concreta, aportando indicios y razones que justifiquen  tal afirmación. Eso sí las razones y los indicios deben ser (valga la redundancia) razonables. Y llegamos aquí al qué de la cuestión: ¿donde cabe situar a aquellos individuos que son etiquetados por el término recientemente acuñado de "conspiranoicos"? Para ser coherentes con lo antes expuesto deberíamos evitar el generalizar y proceder al análisis individualizado. No sea que al meterlos a todos en el mismo saco caigamos de pleno en la paranoia.

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